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Un día del siglo V a.C. en el santuario ibérico de El Chorrillo

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Cuando visité el yacimiento arqueológico del Chorrillo (Elda-Petrer) imaginé como pudo ser un día de culto en el lugar en el siglo V a. C. Aquí recreo lo que pudo ser una procesión desde la importante ciudad ibérica de El Monastil hasta el edificio singular hallado en el Chorrillo:

“La procesión parte de El Monastil. La encabeza el sacerdote seguido de los nobles y los principales guerreros de la tribu. Gran parte de la población de la importante ciudad ibérica les sigue. Junto al sacerdote, unos pasos por detrás, dos jóvenes conducen al toro que previamente ha sido lavado, purificado, en las aguas del río Vinalopó.

La procesión se interna en el estrecho paso que el Vinalopó hace al pie del monte donde se levanta el Monastil. Algunos muchachos tocan la flauta doble íbera haciendo más llevadera la caminata.

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Pasado el barranco el campo se abre en extensa panorámica. Más adelante ya se ve el santuario, construido en lo alto del cerro. Siempre siguiendo el río los habitantes de El Monastil llegan hasta el santuario donde son recibidos por los sacerdotes que lo cuidan y por la gran sacerdotisa.

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La gran sacerdotisa se ha trasladado desde la importante ciudad de Illici para presidir el ritual. La identifican los collares que luce y los majestuosos rodetes que adornan ambos lados de su cabeza.

Los jóvenes que dirigían al toro entregan el animal a los sacerdotes. El toro es acercado al borde norte del cerro, donde es atado a una estaca. Desde allí el sacrificio puede ser visto por los que han quedado en la falda del cerro, en la llanura. El sacerdote oficiante hace sonar una pequeña campana al tiempo que da varias vueltas alrededor del animal. El silencio se hace entre los asistentes y sólo se oye a los sacerdotes acompañantes recitar oraciones que aprendieron de sus ancestros y cuyo origen se pierde en la niebla de los tiempos.

La sacerdotisa asiente y el matarife que esperaba la señal hunde una afilada falcata ibérica en el cuello del animal que deja escapar la vida con un lastimero mugido. Su sangre se recoge en las dos cubetas excavadas en la roca que se abren al norte del edificio principal del santuario.

Algunos sacerdotes despiezan el toro. Otros avivan las hogueras donde cocinaran la carne. Luego la repartirán entre los asistentes. Los cuernos son separados del cráneo y se reservan como ofrenda al santuario. La vitalidad y la fertilidad que representa el toro agradará a los dioses y se extenderá por los campos de alrededor, facilitando una buena cosecha a la comunidad.

La sacerdotisa lleva los cuernos al interior del santuario. Otro sacerdote, mientras tanto, recoge sangre del toro en un vaso ritual y con dos dedos la aplica en la cara de los jóvenes que ese año han pasado a la edad adulta y han superado las pruebas de iniciación. La fuerza del toro pasa simbólicamente a ellos a través de la sangre del sacrificio. Los asistentes saludan a los nuevos guerreros con ovaciones.

La carne asada del animal se reparte entre todos los asistentes. Es un día grande para la comunidad.

Al año siguiente, cuando las estrellas señalen la cima de la montaña del este, el ritual de fertilidad de los campos y de recibimiento en la comunidad de los nuevos guerreros volverá a producirse.”

¿Pudo ocurrir así? Imposible saberlo. Lo cierto es que cuando uno visita estos sitios con historia milenaria es difícil sujetar la imaginación.

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